Benito Pérez Galdós
Galdós era el décimo hijo de un cnel del ejército, Sebastián Pérez, y de Dolores Galdós, una dama de fuerte carácter e hija de un antiguo secretario de la Inquisición. Su papá inculcó en el hijo el gusto por las narraciones históricas contándole asiduamente historias de la Guerra de la Independencia en que había intervenido. Su imaginación fue desbordante ya a partir de muy joven. Estudió en el colegio de San Agustín, que aplicaba una pedagogía activa y bastante avanzada para la época, durante los años en que empezaban a divulgarse por España las polémicas teorías darwinistas, de lo cual hay ecos en obras suyas como, p ej., Doña Perfecta.
Gano Galdós el tít. de bachiller en Artes en 1862, en el Instituto de La Laguna, y comenzó a colaborar en la prensa local con poesías satíricas, ensayos y algunos cuentos. Luego de la llegada de una prima suya, el joven Galdós se transtornó emocionalmente y sus papas establecieron que se fuera a la capital a estudiar la carrera de Derecho.
En septiembre de ese año marcha a Madrid y conoce al fundador de la Institución Libre de Enseñanza, Francisco Giner de los Ríos, que le alentó a escribir y le hizo sentir curiosidad por una filosofía, el Krausismo, que marcará fuertemente su primera novelística; pero de momento se limita a frecuentar los teatros y inventar con otros escritores paisanos suyos la «Tertulia Canaria» en Madrid, mientras acude a leer al Ateneo a los principales narradores europeos en británico y francés. De mala gana procura continuar con sus estudios de Derecho, que permite al fin colgados, ya que casi nunca asistía a clase.
En 1865 asiste a los hechos de la Noche de San Daniel, que le impresionan vivamente, y ese mismo año empieza a escribir como redactor meritorio en los periódicos La Nación y El Debate, así como en la Revista del Movimiento Intelectual de Europa.
Al año siguiente, y en calidad de periodista, asiste al pronunciamiento de los sargentos del Cuartel de San Gil. Lleva una vida cómoda albergado 1ro. por dos de sus hermanas y después en casa de su sobrino, José Hurtado de Mendoza.
Según nos lo pinta Ramón Pérez de Ayala, lo que las fotografías confirman, era un descuidado en el vestir, se conformaba siempre con ir de tonos sombríos para pasar desapercibido y en invierno llevaba enrollada al cuello siempre una bufanda de lana blanca, con un cabo colgando del pecho y otro a la espalda, un puro a medio fumar en la mano y, cuando estaba sentado, a los pies su perro alsaciano. Se cortaba el pelo al rape y padecía horribles migrañas.
Era proverbial su timidez, que le hacía ser más que parco en palabras y en aspecto de una modestia inverosímil, hasta el punto de sufrir al hablar en público. Entre sus dotes estaba el poseer una memoria visual portentosa y una retentiva increíble que le permitía acordarse capítulos enteros del Quijote y detalles minúsculos de paisajes vistos solamente una vez veinticinco años antes. De ello nacía también su enorme facilidad para el dibujo. Todas estas cualidades desarrollaron en él una de las facultades más importantes en un novelista, el poder de observación.
En 1867 viaja en calidad de corresponsal a París para dar cuenta de la Exposición Universal. Lee a Balzac y a Dickens, y traduce de éste, desde una traducción francesa, su obra más cervantina, Los papeles póstumos del Club Pickwick. Toda esta actividad supone su inasistencia a las clases de Derecho y le borran definitivamente de la matrícula en 1868. En ese mismo año, se procuce la llamada revolución de 1868, en que cae la reina Isabel II. El año siguiente es responsable de hacer crónicas periodísticas sobre la elaboración de la nueva Constitución.
